Fundación Vía Libre
Proyecto Cono Sur Sustentable
Las últimas décadas del siglo XX se caracterizaron por los sorprendentes avances en materia científico tecnológica. Durante ese siglo se demostraron más teoremas matemáticos que en todo el curso de la historia [Odifreddi, 2006] y muchos de ellos han encontrado aplicaciones en diferentes campos de la ciencia, desde la informática hasta las humanidades.
Durante ese mismo siglo, la ciencia aprendió sobre el funcionamiento del ADN y desarrolló la capacidad, hasta ahora inimaginada, de manipular la vida.
Nunca el ser humano tuvo semejante capacidad de cálculo, desarrollo científico-técnico y dominio sobre la naturaleza. Sin embargo, jamás estuvo tan al borde de provocar su propia destrucción como en los tiempos que corren. El riesgo ambiental, las armas de destrucción masiva y la imposibilidad de medir las consecuencias del uso indiscriminado de ciertos avances de la ingeniería como la manipulación genética o el desarrollo de la nanotecnología, nos ponen frente a un momento en el cual el ser humano debe necesariamente cuestionar la propia ciencia que produce y desmitificar el hecho de que los avances de las nuevas tecnologías son efectivamente positivos para ponerlos en su justo escenario socio- económico y político.
Este trabajo pretende abordar varias cuestiones relacionadas a estos temas, entre ellos, la incorporación de nuevas tecnologías en nuestras sociedades, los aspectos jurídicos y las luchas actuales en materia de monopolios de conocimiento, así como tejer redes conceptuales entre los diferentes movimientos involucrados en estas cuestiones.
Más allá de abordar temas relacionados a ciencia y tecnología, este trabajo presenta una posición política, y pretende echar luz sobre temas que comprometen directamente el presente y futuro de nuestros pueblos.
La definición más popular de “desarrollo sustentable” lo caracteriza como “el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la posibilidad de las futuras generaciones de satisfacer las suyas propias”. Así, la mayoría de los trabajos sobre desarrollo sustentable comprensiblemente giran alrededor de temas como el medio ambiente y la ecología, con el fin de que nuestros descendientes no encuentren sus recursos naturales degradados por nuestras acciones. Estos temas son extremadamente importantes, y merecen toda la atención que están recibiendo y mucha más. A medida que crece el rol que juegan las tecnologías de la comunicación y la información en la economía, sin embargo, emergen nuevas amenazas en el campo de otra clase de medio ambiente: el campo del conocimiento.
En una primera aproximación, parece extraño que debamos ocuparnos del conocimiento en cuanto recurso natural. Después de todo, los recursos naturales (aún los renovables) son naturalmente escasos, mientras que el conocimiento puede ser compartido sin antes dividirlo, tal como George Bernard Shaw brillantemente ilustrara en su célebre cita: “Si tú tienes una manzana y yo tengo otra e intercambiamos nuestras manzanas, entonces tú y yo seguiremos teniendo una manzana cada uno. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea y las intercambiamos, entonces ambos tendremos dos ideas.”
Podemos compartir el conocimiento libremente sin empobrecernos, de modo que no debería haber razones para un “conservacionismo del conocimiento”. Desgraciadamente, ciertas prácticas comunes en el modo como tratamos el conocimiento en cuanto “bien económico” se están convirtiendo en serios agentes de contaminación, convirtiendo vastas áreas del espacio del conocimiento en inusables o inaccesibles para nosotros. Podemos ver esto en acción cada vez que hay conocimiento escondido deliberadamente de nuestra vista dentro de un programa de computación opaco, negando a todos la oportunidad de conocer cómo trabaja, de adaptarlo a necesidades específicas, o aún de mejorarlo.
Cada vez más a menudo, trabajos que tradicionalmente han sido ofrecidos al público en formatos fácilmente accesibles, tales como libros o grabaciones fonográficas, están siendo cifrados con el propósito específico de controlar quién puede disfrutarlos, por cuáles medios y bajo cuáles circunstancias.
Está creciendo la desafortunada tendencia internacional a conceder patentes, es decir monopolios consagrados por el Estado, sobre ideas puras tales como “usar una computadora y un vínculo de comunicaciones para llevar a cabo remates en línea”, independientemente de su implementación. Esta es la misma tendencia, basada en los mismos principios ideológicos, que facilita la biopiratería y el patentamiento de variedades de plantas, privatiza los usos medicinales que las comunidades originarias practican desde hace siglos y que llega incluso a la conversión en bien económico de cadenas celulares humanas, bajo el argumento de que estos sistemas de monopolio fomentan el desarrollo de la ciencia y la innovación. El patentamiento de algoritmos matemáticos, células, cadenas genéticas, procedimientos, juegos, métodos de negocios ya son moneda corriente en algunos países, entre ellos los EEUU, minando los campos del conocimiento de forma tal que todo aquel que tenga una idea deba primero someterse al arbitrio de las grandes corporaciones que, de forma devastadora, están privatizando y monopolizando aquello que históricamente ha constituido patrimonio común de nuestra humanidad.
La sociedad capitalista actual nació gracias a la apropiación privada de lo que eran las tierras comunales. De hecho, los teóricos de aquellos tiempos, entre ellos John Locke, tuvieron que pensar teorías que sustentaran argumentos a favor de esa privatización. Una de las preferidas era decir que las tierras privatizadas eran más productivas, y que así se iba a eliminar la tendencia a la “tragedia de los bienes comunes”. Hoy, cuando ya no quedan más tierras de las cuales apropiarse, las grandes corporaciones han descubierto una nueva clase de comunes sobre los cuales avanzar, sin duda, lo más preciado que una sociedad tiene, su vida, su conocimiento y su cultura.
Esta tendencia podría sintetizarse en la conversión de todo aquello que nos es común, la vida, el conocimiento, en materia de mercado, regida por los principios de la economía capitalista y por tanto, bajo control de “propietarios” con capacidad de convertir lo ilimitado en escaso, lo público en privado, los bienes comunes en monopolios excluyentes.
James Boyle, catedrático norteamericano, define “la información, el conocimiento tradicional y la diversidad biológica como un ecosistema” y recomienda “la creación de coaliciones de personas que, en este momento están comprometidas en luchas individuales sin saber que existe un contexto más amplio” [Boyle, 1997]. La noción de dominio público es la que está en el eje de este contexto amplio del cual habla Boyle, domino público que constituye el acervo científico y cultural de la humanidad y que hoy está en riesgo si no se constituyen las coaliciones necesarias para ofrecer resistencia al denominado “segundo cercamiento de los bienes comunes”, concepto acuñado por el mismo James Boyle para explicar el proceso por el cual hoy, los “comunes de la mente” están siendo piedra de apropiación monopólica y excluyente.
¿Cómo pensar sociedades sustentables en estos escenarios?
A partir del auge de la denominada “sociedad de la información”, los gobiernos en todo el mundo, así como las organizaciones nacionales e internacionales, han tomado como prioridad proveer a los pueblos acceso a las tecnologías de la comunicación y la información. Se han hecho públicos pronunciamientos gubernamentales, se han propuesto estrategias, se han comenzado programas, se han donado equipos, se han inaugurado puntos de acceso. Las ONGs están enseñando a los neófitos cómo usar los nuevos medios y las mismas Naciones Unidas realizaron, a través del UIT (Unión Internacional de Telecomunicaciones), la Cumbre Mundial sobre Sociedad de la Información, un esfuerzo de largo plazo para diseñar el grandioso mundo nuevo en el cual el acceso a la información será universal.
Lo que estos pretenciosos planes parecen desconocer es que el mero acceso a la tecnología puede ser suficiente para asegurar que la oferta de los proveedores de contenidos llegue a una clientela potencial más grande, pero es miserablemente insuficiente para ayudar a la gente a entrar a la sociedad del conocimiento con alguna chance de igualdad de oportunidades.
Muy por el contrario, el proveer acceso a una tecnología que sí podemos usar para ciertos propósitos, pero que no entendemos lo suficiente como para, si surge la necesidad, recrearla nosotros mismos, es crear una nueva dependencia tecnológica. Seguramente, muchos de los que están embarcados en estos esfuerzos realmente tienen buenas intenciones, pero en la mayoría de los casos es evidente que la penetración acrítica de nuevas tecnologías, disfrazadas de avances innovadores, no hacen más que crear y profundizar una nueva brecha, la que separa a los que “saben” de los que “no saben, sólo usan”.
Y desde luego, detrás de tantas buenas intenciones, vienen las presiones para que los Gobiernos establezcan todo su poder de policía al servicio del resguardo de estas bien intencionadas corporaciones que sólo quieren reducir la “brecha digital” con software privativo o paliar el hambre con semillas transgénicas. En paralelo, exigen que los Estados les aseguren que los pueblos no tendrán más capacidad de generar sus propias tecnologías y se convertirán en meros consumidores sumisos y respetuosos de lo que ellos proponen como opción única.
Y así, aquellos que en un tiempo era de sentido común, conservar la semilla para la próxima siembra, acceder a la cultura, o escribir nuestros propios programas informáticos, se convertirá en un delito, penado por los custodios de los monopolios, en nombre de la innovación científico técnica que nos sumirá en la dependencia más profunda que la humanidad pueda imaginar.
La policía del pensamiento, tomando la metáfora de George Orwell en su célebre novela “1984”, dispondrá de mecanismos técnicos que le permitirán saber qué leemos, qué escuchamos, qué vemos, y manipular la vida de forma tal que nuestras semillas dejen de reproducirse cuando ellos lo deseen.
No hay sociedades sustentables posibles en este entorno al cual estamos ingresando de forma silenciosas y voraz, sin discusión pública y con gobiernos que aprueban las leyes que consolidan este modelo sin escuchar las voces que reivindican dos principios elementales para nuestro futuro: la soberanía alimentaria y la soberanía tecnológica.
El segundo cercamiento de los bienes comunes cuenta con instrumentos de dos tipos, técnicos y jurídicos. En el proceso jurídico, las grandes corporaciones que están detrás de estas políticas cuentan con un aliado estratégico: el Estado. Sin el poder regulador y policial del Estado, no podrían imponer el modelo de control y privatización que está avanzando a una velocidad inusitada.
Por cierto, aquella tendencia neoliberal de la década del 90 de un fuerte retroceso del poder Estatal, evidentemente no es funcional al modelo de cercamiento, ya que en última instancia hace falta el poder de los Estados para afianzar esta tendencia. Si bien las grandes corporaciones son económicamente muy poderosas, necesitan la fuerza del Estado para fijar esto en políticas efectivas, ya sea a través de leyes o decretos nacionales (Como Digital Millenium Copyright Act en los EEUU), como en tratados internacionales (Los tratados de internet de OMPI) o en acuertos bilaterales (Como los Tratados de Libre Comercio de los EEUU con otros países) o multilaterales (como ADPIC de OMC).
Los Estados siguen jugando un rol estratégico además, para poner su poder de policía a disposición del poder concentrador de las multinacionales y hacer cumplir las normas jurídicas que el mismo Estado ha fijado.
Observemos detenidamente un par de ejemplos.
Una patente es un derecho monopólico temporario y exclusivo que un Estado otorga a una empresa, individuo u organización por una invención, definida como un producto o proceso que ofrece una nueva manera de hacer algo, o una nueva solución técnica a un problema. Ese monopolio tiene una duración limitada que suele ser de 20 años. Vencido el plazo estipulado por ley, la invención entra al Dominio Público. Las patentes amparan las “aplicaciones” de ideas, en tanto tengan uso práctico sean útiles, novedosas, tengan alguna característica nueva que no se conozca en el cuerpo existente de su ámbito de aplicación. Para que la patente sea otorgada, debe estar presente un “paso inventivo” que no podría ser fácilmente deducido por una persona con conocimientos medios del ámbito técnico, es decir, no deben ser “aplicaciones obvias”.
La noción de patentes se remonta a la Europa Medieval, cuando las monarquías entregaban derechos monopólicos (litterae patentes) sobre los inventos bajo la condición de que ese conocimiento fuera publicado y enseñado a otros. El objetivo era que la sociedad pudiera beneficiarse, aprender y que se desarrollaran nuevos inventos a partir de cada logro [Busaniche, 2005].
El artículo 52 de la Convención Europea de Patentes contiene una lista no exhaustiva de lo que “no es patentable” haciendo especial énfasis en las “abstracciones así como sus materializaciones, tales como creaciones estéticas tanto como entidades abstractas como en expresiones, dibujos, esculturas, etc, y/o un programa de computadoras como entidad abstracta o definida en términos de proceso para operación de una computadora o como registro en cinta magnética.” Una “abstracción” así no es patentable.
Un ejemplo concreto de esto son los algoritmos matemáticos, que son abstracciones puras. Un método para sumar no puede ser patentado. Sin embargo, una máquina calculadora diseñada para sumar sí puede serlo.
Sin embargo, en los EEUU, la Corte Suprema de Justicia cambió el curso de la historia en el caso Diamond vs. Diehr en el año 1981. Este fallo obligó a la Oficina de Patentes y Marcas de ese país a rever su posición en materia de patentes sobre ideas aplicadas al software. Hasta entonces, la PTO (Patents and Trademarks Office) consideraba que los programas de computadoras y las invenciones que contenían o estaban relacionadas a programas de computadora eran operaciones matemáticas y no procesos o máquinas. La corte sentó entonces una jurisprudencia sobre la cual la PTO tuvo que trabajar, es decir: el patentamiento de software comenzó a depender mucho más de las justificaciones de quienes las solicitan que de la naturaleza misma del software, que no es patentable. Revirtiendo el caso Gottschalk vs. Benson (1972), el fallo Diamond vs. Diehr tiene el cuestionable mérito de ser el primero en aceptar el patentamiento de un algoritmo matemático.
Pese a todas las advertencias sobre los peligros de tal jurisprudencia, otro fallo llegó años más tarde para completar el error. El caso “Alappat” abrió las puertas al patentamiento de casi cualquier programa en el año 1994.
Por su parte, a finales del siglo XX, la misma tendencia privatizadora llegó a la vida. En 1980, la Corte Suprema de Justicia de los EEUU emitió un fallo (Caso Diamond vs. Chakrabarty) en el cual aceptaba que los microorganismos genéticamente modificados son patentables. En 1985, la USPTO reglamentó que las plantas califican bajo las leyes de patentes industriales, mientras que en 1987 completó la escena diciendo que los animales también son patentables bajo las normas norteamericanas, que poco a poco se extienden a otros países a través de mecanismos político-jurídicos como los Tratados de Libre Comercio.
Así, desde la década del 80' ya no se puede afirmar que algo no es patentable simplemente porque está vivo, la biotecnología ha avanzado tan dramáticamente que ya no queda vida que potencialmente no sea pasible de monopolización.
Un sistema que originalmente fue pensado para fomentar la difusión de inventos e innovaciones industriales, se ha convertido en un mecanismo para privatizar de forma excluyente aquellos campos donde la comercialización, el monopolio y la exclusión no soportan el análisis del sentido común.
A nivel internacional, el paraguas en el cual se basan la gran mayoría de las legislaciones de Derechos de Autor es el Convenio de Berna, uno de los 23 tratados que administra la “Organización Mundial de la Propiedad Intelectual”(OMPI).
Existen dos grandes tendencias jurídicas en relación a derechos de autor. Por un lado, la normativa de Copyright, que tiene su origen en la common law británica regula estrictamente el derecho de copia, es decir que fija un monopolio por tiempo determinado para la publicación de obras bajo este marco. Por otro lado, la escuela francesa de derecho reconoce en el derecho de autor, no sólo el derecho patrimonial y por tanto el monopolio de copia, sino además el derecho moral, que es inalienable y comprende la paternidad de la obra y su integridad, es decir, el reconocimiento del autor y su derecho a negarse a cualquier modificación de la obra.
Este marco jurídico cubre las obras artísticas, literarias, cinematográficas, musicales, etc. Tras algunos ajustes en el Convenio de Berna y su posterior inclusión en el Acuerdo de Propiedad Intelectual aplicada a Comercio (ADPIC – TRIPS por su sigla en inglés) de la Organización Mundial de Comercio, este es el régimen que ampara los programas de computadora, sea en su forma de código fuente como binario.
Pasado cierto tiempo de monopolio, estipulado como mínimo en 50 años después de la muerte del autor, las obras pasan al dominio público.
La tendencia vigente hoy en día, a fuerza de cabildeo por parte de las grandes industrias del entretenimiento, es a ampliar los plazos de monopolio llegando a casos como el de México que lo fija en 100 años después de la muerte del autor, o Argentina, cuyo límite está hoy en 70 años, pero donde hay proyectos de ley en marcha para ampliarlo aún más.
Este régimen se ha visto jaqueado por la evolución de las nuevas tecnologías digitales, que han hecho de la copia un recurso sencillo, barato y eficiente para distribuir contenidos pasibles de digitalización, es decir, imágenes, audio, vídeo y por supuesto programas de computadora. Así, con una ciudadanía munida de instrumentos de copia como jamás antes hubo en la historia, las leyes que fijan límites arbitrarios a la copia de cultura se han convertido en trabas a la difusión más que en promotoras del acceso a la cultura.
Vale recordar que, así como las normas de patentes, las legislaciones de copyright tenían como meta el fomento de la publicación de obras para que haya más disponibilidad de ellas entre las sociedades. El costo que implicaba la instalación de una imprenta fue el argumento central para otorgar un monopolio acotado a los libreros, para fomentar esa tarea que constituía un bien social. Desde luego, las nuevas tecnologías han revolucionado el mundo de la copia y hoy la ciudadanía dispone de mecanismos económicos para copiar y redistribuir infinidad de contenidos.
Esta creciente e inevitable marcha hacia la digitalización ha disparado dos tendencias:
Por un lado la de aquellos que desean profundizar los monopolios, criminalizar a quienes copian y generar mecanismos de control técnico para impedir la libre distribución de contenidos. Por otro, la de quienes, considerando que la distribución de cultura a escala masiva es un bien social inalienable, buscan cuestionar los regímenes de monopolio y fomentar la copia a través de la liberación de la riqueza intelectual que la humanidad se ha dado a lo largo de su historia.
Estas dos corrientes representan poderes diferentes, tendencias diferentes y están embarcadas en una verdadera disputa de la cual aún no se conocen los resultados. Lamentablemente, la mayoría de los Estados Nacionales están alineados con la primera tendencia, la de profundizar los monopolios y fomentar el desarrollo de medidas represivas, tanto jurídicas como técnicas para quienes usen los mecanismos a su alcance para redistribuir cultura. Los tratados de internet de la OMPI, que datan de 1996, muestran que hay una fuerte tendencia al reconocimiento y legitimación de las denominadas “medidas técnicas de protección”, también conocidos como DRM, Sistemas de Gestión Digital de Restricciones, que, como veremos más adelante, son los mecanismos mediante los cuales las corporaciones del entretenimiento y del software se proponen controlar el acceso y consumo de cultura de nuestros pueblos.
Existen muchos mecanismos técnicos, avances, innovaciones que los interesados en el cercamiento de los bienes comunes están desarrollando para materializar los mecanismos jurídicos de los que ya hablamos. Estas regulaciones técnicas tienen la característica central de ser inapelables. Una vez implementadas, se imponen por la fuerza. Algunas de ellas son eludibles, otras no. Algunas tienen consecuencias insospechadas, imprevisibles, peligrosas, otras requieren de más mecanismos jurídicos para imponerse. Algunos ejemplos paradigmáticos son las tecnologías Terminator y los Sistemas de DRM.
Como ya es sabido, existen semillas cuya carga genética está monopolizada bajo el sistema de patentes. Estas semillas, genéticamente modificadas, aún así no pueden ir contra su propia naturaleza, que es la expansión de la vida. Así, se producen contagios de los OGM a otras semillas y las modificaciones se trasladan de un organismo a otro con la fuerza de la naturaleza. Así también ocurre que los agricultores utilizan estas semillas, las conservan y las vuelven a utilizar en los ciclos agrícolas subsiguientes. Aquellos que detentan la patente – y por tanto el monopolio – sobre ellas, se ven obligados a actuar con la fuerza de la ley para imponerse. Pero, en casos en los que los Estados aún no reconocen este tipo de patentes, o en los que la voz de la justicia tarda o falla en darles la razón, los grandes señores de la vida no tiene forma totalmente eficiente de imponer su monopolio.
Por eso, han desarrollado semillas, cuyos detractores denominan suicidas, asesinas, “terminator”, preparadas genéticamente para no dar más semilla fértil, y así obligar a los agricultores y campesinos a regresar al mercado y comprar las semillas a la corporación para cada ciclo.
Las semillas Terminator son medidas técnicas de restricción de la reproducción de la vida, un verdadero atentado a la naturaleza, que servirá, una vez impuesto, para mantener bajo estricto control político y económico a los productores agropecuarios, a los campesinos, a los productores de alimentos.
Recordemos que las patentes tienen un límite de 20 años, tras lo cual la innovación pasa al dominio público. Sin embargo, en el caso de estas medidas técnicas sobre la vida, el monopolio es eterno y no hay vuelta atrás.
Los sistemas de Gestión Digital de Restricciones (Derechos, según quienes los proponen, dando por sentado que restringir es su derecho) son implementaciones técnicas, a través de software y hardware, que permiten a un tercero – el proveedor de software o el proveedor de contenidos – regular, disponer, decidir, vigilar lo que una persona realiza con los “productos culturales que consume”. Es decir, que habilita a vigilar y permitir o impedir el acceso a lo que la ciudadanía lee, escucha, mira, escribe, con la consiguiente violación de varios derechos esenciales como la intimidad, el libre acceso a la cultura o la presunción de inocencia.
Estos sistemas impulsados por las grandes corporaciones de software y del entretenimiento, amenazan modificar para siempre los hábitos de acceso a la cultura y sientan un peligroso precedente de vigilancia corporativa hacia el resto de la ciudadanía que se convierte en un consumidor pasivo y controlado de lo que las grandes distribuidoras de contenidos y programas quieran imponer.
El plan es que todo aquello que no esté “legítimamente” fiscalizado por estos proveedores no sea accesible desde nuestros sistemas informáticos, diseñados para controlar a los usuarios.
Los DRM son al derecho de autor, lo que las semillas Terminator son a las patentes sobre la vida. Son implementaciones técnicas que llevan el monopolio mucho más allá de lo que la ley realmente otorga a sus derechohabientes, poniendo en directo riesgo la soberanía de los pueblos y el dominio público.
No son pocos los que están preocupados por el cercamiento de los bienes comunes. De hecho, hay un gran número de organizaciones trabajando en sus propios campos en procesos de resistencia y construcción de alternativas viables para que la vida y el conocimiento sigan siendo patrimonio común a libre disposición de los pueblos en todo el mundo. Movimientos como la Vía Campesina, Grain, la red Amigos de la Tierra o el grupo ETC ya tienen amplia experiencia en la lucha contra las patentes de la vida y en la resistencia a la liberación de las tecnologías Terminator. Del mismo modo, el movimiento de Software Libre junto a numerosos movimientos de artistas, creadores, promotores de cultura, bajo el concepto central del “copyleft” tienen también experiencia en resistir el modelo privativo en nuevas tecnologías, las patentes sobre algoritmos matemáticos e ideas aplicadas a software y los DRM.
La convergencia de estos movimientos en estrategias comunes es una de las posibilidades abiertas para constituir un movimiento de defensa global del dominio público, un movimiento que permita discutir qué tipo de tecnologías queremos, qué umbrales estamos dispuestos a cruzar en materia de manipulación sobre la vida y el conocimiento y defender la soberanía científico-tecnológica de nuestros pueblos.
El software libre, tal como fue definido hace más de 20 años por la Free Software Foundation, y su fundador, Richard M. Stallman es aquel cuyos términos de licencia otrogan cuatro libertades:
Libertad 0: usar el software con cualquier propósito
Libertad 1: estudiar el funcionamiento del programa y adaptarlo a tus necesidades. El acceso al código fuente es esencial para esto.
Libertad 2: copiar y distribuir copias del programa en forma irrestricta.
Libertad 3: mejorar el programa y distribuir las mejoras para contribuir así con el resto de la comunidad.
“A más de veinte años del inicio del proyecto GNU, el software libre es mucho más que un sueño utópico e idealista. Es una realidad concreta, un lugar en el que todos podemos sentirnos en casa. Más que sorprendernos ante la idea de una comunidad alrededor de programas, quienes estamos dentro de ella casi no podemos concebir el software sin una comunidad que lo sustente”[Heinz, 2005].
El proyecto GNU nació para mantener viva a esta comunidad de hackers que construye y comparte programas, que concibe el software en su forma preferida, el código fuente, que los humanos pueden leer, estudiar, corregir, mejorar, cortar y pegar, y que se opone a un modelo restrictivo en el uso y desarrollo de programas informáticos. El movimiento de software libre es eminentemente global y cuenta con entusiastas en todo el mundo.
Es, a decir de Eben Moglen, una verdadera “revolución práctica”, un lugar construido sobre la ideas del libre acceso a la cultura y la libertad de expresión, en el cual ya contamos con todo un enorme edificio de programas libres que nos permiten invitar al resto de las comunidades a sumarse y participar de una experiencia participativa, colaborativa, solidaria y socialmente justa de acceder a las nuevas tecnologías. El software libre propone un modelo en el que no hay barreras artificiales al aprendizaje, un modelo que poco respeta las fronteras nacionales y que pone a disposición de quien así lo desee, las herramientas necesarias para desempeñarse en el mundo de la cultura digital.
Es un movimiento que aglutina las más diversas ideologías, tendencias políticas, religiosas, culturales bajo el presupuesto de que las personas deben ser libres de usar, estudiar, modificar, copiar y redistribuir los programas informáticos, sin poner barreras artificiales a lo que una persona puede hacer o deshacer con los programas.
Este movimiento constituye la mayor transferencia de conocimiento que se conozca hasta el momento, al poner a disposición de cualquier persona interesada los conocimientos y avances realizados en otros lugares del planeta, sea en universidades, empresas, proyectos comunitarios, organizaciones sociales o programadores independientes que contribuyen en la construcción colectiva global más significativa de los últimos tiempos.
El software libre, al ser de libre acceso, estudio y modificación, constituye la piedra basal para la construcción de la soberanía tecnológica de nuestros pueblos, ya que pone a libre disposición el conocimiento que cada colectividad puede tomar, hacer propio, implementar, mejorar y por supuesto redistribuir, sumando a la gran masa de conocimiento global disponible.
¿Cómo es posible que esto funcione? El software libre se monta sobre el sistema de derecho de autor y lo “hackea”, revirtiendo las limitaciones del copyright bajo el concepto de “copyleft”, una cláusula especificada en los términos de licencia de muchos programas libres, que dice que toda persona es libre de usar, estudiar, copiar, modificar y redistribuir los programas bajo la única condición de que otorgue a los demás las mismas libertades que ha recibido, es decir, que redistribuya el programa o sus obras derivadas bajo la misma licencia.
Este hack, ideado por Richard Stallman, está incluido en la licencia GNU/GPL (Licencia Pública General de GNU), la licencia más popular del Software Libre, usada en cerca del 70% de los programas que constituyen el mundo del software libre.
Así, nos aseguramos que las contribuciones de las diferentes comunidades seguirán siendo libres y seguirán respetando las libertades fundamentales de las personas frente a sus computadoras.
Porque el Software Libre promueve la apropiación del conocimiento. Hay malas noticias y buenas noticias. La mala noticia es que la abundancia actual de programas para conceder acceso a la tecnología es sostenida por un fuerte esfuerzo de cabildeo por parte de la industria de las tecnologías de la información y la comunicación, y ésta tiene un fuerte interés en impedir que seamos competentes en ese campo; segundo, la misma definición de lo que necesitamos dice que debemos saber construir lo que usamos, y la única manera de conseguir esto es construyéndolo nosotros mismos en lugar de obtenerlo ya hecho por algún otro.
Sin embargo. y continuando con las malas noticias, los gobiernos de turno en América Latina, en su mayoría, caen presa de la seducción de las corporaciones del software privativo a través de programas como la “alianza por la educación”, que pretenden convencernos que es preferible “comprar” que aprender y así nos inundan de programas que jamás podremos interpretar, estudiar, mejorar o compartir, sino que sólo podremos “usar” bajo los términos que ellos fijen y exijan, so pena de convertirnos en violadores de la ley.
Una verdadera alfabetización en materia de informática sólo es posible si aprendemos a dominar la técnica cultural de nuestro tiempo, esto es, leer, escribir, modificar, comprender los programas informáticos de los cuales cada vez dependemos más. Los programas informáticos administran nuestras comunicaciones y almacenan nuestra memoria social. Entregar el control de estas herramientas nos condenará eternamente al oscurantismo y la ignorancia, mientras que pondrá en manos de unos pocos, algunas grandes corporaciones, el poder de decidir sobre nuestra vida social, política y cultural.
La buena nueva es que no tenemos que empezar desde cero en la construcción de Soberanía tecnológica. De una manera muy real ya hemos empezado hace más de dos décadas, porque fue entonces que el proyecto GNU de la Free Software Foundation lanzó el primer esfuerzo consciente para construir un ambiente de computación integral para ser distribuido bajo condiciones que impulsan la apropiación y la cooperación, antes que la dependencia.
Desde entonces, el software libre se ha convertido en un movimiento de escala mundial, cuyos productos no se limitan al proyecto GNU, y que ha producido un enorme número de programas, desde aplicaciones individuales hasta núcleos y sistemas operativos completos. Muchos de los programas de software libre son considerados los mejores en su categoría, algunos son muy buenos, algunos son buenos, algunos apenas pueden ser usados, algunos aún son sólo prototipos. Se pueden encontrar en la red muchos artículos que discuten los méritos técnicos de proyectos individuales y del software libre como tal: si es más o menos seguro que sus contrapartes de software privativo y por qué, en qué sobrepasa y en qué se queda corto de las cualidades de las alternativas propietarias. Esta es una discusión fascinante, y se puede aprender mucho acerca del proceso del desarrollo de software y sus resultados estudiando proyectos de software libre.
Para el propósito de la apropiación del conocimiento y el desarrollo sustentable, sin embargo, la calidad y la madurez del software libre no es para nada tan relevante como el hecho de que se lo distribuye bajo términos de licenciamiento que respetan nuestra necesidad de aprender, de experimentar, de participar, de contribuir, y nos hacen fácil hacerlo. Hay un acervo enorme de conocimiento codificado en programas de computación, y una persona entrenada en el arte puede aprender muchas cosas con tan sólo analizar la manera en que un programa funciona.
Al mismo tiempo que los desarrolladores de software y entusiastas de la computación conocen las ventajas inherentes de tener todos los mecanismos internos del software abiertos para su inspección, los beneficios que ofrece respecto de la apropiación del conocimiento para los no programadores son al menos igual de importantes. La tecnología de la información y la comunicación nos permite acceder a un vasto cúmulo de información de la cual podemos extraer conocimiento, pero ¿qué valor tiene ese información, por ejemplo, para una persona cuya herencia cultural no le permite interpretar correctamente los elementos de interfaz de usuario del software, o tiene una discapacidad que no fue contemplada por el autor del programa?
El software libre puede ser adaptado y modificado para nuestro propio patrimonio cultural y nuestras necesidades especiales. De hecho, la mayoría de las interfaces de usuario de los programas de software libre moderno pueden ser traducidas a cualquier lenguaje escrito por traductores sin experiencia de programación.
El software es esencial para acceder a la información, pero también puede ser usado para impedir el acceso a ella: los filtros de contenido pensados con buenas intenciones para “proteger a los niños de la pornografía” son usados además como un mecanismo de control sobre lo que podemos o no podemos ver. Del mismo modo lo es el software privativo diseñado para controlar el cumplimiento de términos de uso de obras a través del uso de métodos criptográficos: dado que uno no sabe cómo funciona el programa, nunca se puede saber con seguridad exactamente cuáles terminos se aceptan en forma implícita, y el programa puede denegar unilateralmente acceso a la información legítimamente adquirida e incluso a información creada por nosotros mismos. Los mencionados DRM son parte de estos mecanismos que sirven para controlar nuestras actividades en entornos digitales.
El software libre nos da la posibilidad de saber exactamente qué está pasando con los datos, y asegurarnos que no está discriminando en nuestra contra, que no está censurando o alterando los contenidos que nos presenta, que no contiene mecanismos destinados a denegarnos acceso a la información o a entorpecer nuestra posibilidad de compartirlo.
Contemplando los peligros de caer en manos de corporaciones monopólicas que concentran el poder sobre la información, algunos gobiernos latinoamericanos han optado por el Software Libre como alternativa eficaz para la soberanía tecnológica. Con ese concepto en mente y tras el boicot informático sufrido en la empresa petrolera nacional, el presidente venezolano Hugo Chavez firmó el decreto 3390 por el cual lleva a la administración pública y las empresas productivas del estado venezolano a migrar a Software Libre. Como política de Estado, el presidente Lula Da Silva, de Brasil, llevó a su país hacia la misma perspectiva. Proyectos similares, sea con base legislativa o simplemente mediante la implementación de politicas públicas, se han desarrollado en algunos distritos Argentinos, en Perú, Colombia y otros países.
Sin embargo, lidiamos con la costumbre y la resistencia al cambio de nuestras poblaciones, que lamentablemente están bajo el yugo de uno de los monopolios más profundos a nivel mundial. Cerca del 90% de las computadoras de escritorio funcionan con programas de una sola empresa que a fuerza de marketing y abuso de posición dominante, ha hecho creer a las personas que “eso” es la informática, que los programas sólo se pueden comprar, y que la potestad de escribirlos está reducida a unas pocas corporaciones de algún país desarrollado.
Nada más alejado de la realidad. La construcción de programas informáticos es la técnica cultural de nuestro tiempo, es un conocimiento tan central hoy en día como la matemática y la lengua, como saber escribir, leer, comunicarnos, interpretar textos y producir conocimientos esenciales para nuestra vida social.
La informática atraviesa hoy toda nuestra vida social, los programas de computadora están presentes en cada rincón de nuestras vidas, en los teléfonos, en las bases de datos de la administración pública, en los hospitales, en las pequeñas y medianas empresas, en nuestras propias casas y en nuestras escuelas.
Como la historia ya nos ha enseñado, quien monopoliza la técnica cultural de su tiempo, centraliza un enorme poder. Por eso, aquellos interesados en la concentración y el monopolio, están haciendo lobby para frenar el desarrollo y uso de software libre a través de artilugios como los DRM, mecanismos jurídicos como las patentes sobre ideas aplicadas a software y la paulatina criminalización del ejercicio libre de la informática.
No se trata simplemente de decidir si se incorporan o no herramientas tecnológicas, sino de fijar las condiciones apropiadas para hacernos y construirnos nuestro propio destino científico, técnico y cultural, tomar las riendas de nuestro presente y futuro, y liberarnos de las cadenas más silenciosas y seductoras que jamás nos hayan puesto, las cadenas disfrazadas de espejos de colores de la revolución digital.
Sin soberanía tecnológica, sin software libre, el uso y penetración de tecnologías privativas no es más que un paso más en los procesos de concentración de poder económico y político que bien podemos denominar “colonización digital” de nuestras sociedades, condena de nuestro futuro y secuestro de nuestro acervo cultural.
Bibliografía
Este texto contiene fragmentos de “Software Libre para el desarrollo sustentable y la apropiación del conocimiento” Fundación Vía Libre
Piergiorgio Odifreddi. “La matemática del siglo XX – De los conjuntos a la complejidad”. Katz Editores. ISBN 987-1283-17-2 . Impreso en 2006.
Enclosures of the mind – Intellectual monopolies. A Resource Kit on Community Knowledge, Biodiversity and Intellectual Property. Prepared by RAFI and Community Biodiversity Develoment and Conservation Program. ISBN 0-9683112-1-0. Impreso en 1996. Reimpreso en 1998.
Autores Varios “¿Un mundo patentado? La privatización de la vida y el conocimiento” Ediciones Heinrich Boell Nro. 19. ISBN 987-22486-0-5 Impreso en Argentina. Octubre 2005. (Incluye los artículos de James Boyle y Federico Heinz citados en el texto). En línea en http://www.boell-latinoamerica.org/download_es/Libro_biopolitica.pdf
Busaniche, Beatriz “Patentes de Software – ¿Por qué decir no?” en http://www.d-sur.net/bbusaniche/?p=39 Año 2005.
Proyecto GNU http://www.gnu.org/home.es.html
Información sobre DRM en español http://www.fsfla.org/?q=es/node/99
Campaña Contra Semillas Terminator http://banterminator.org/
Biodiversidad en América Latina http://biodiversidadla.org/
Fundación Software Libre http://www.fsf.org
Fundación Software Libre América Latina http://www.fsfla.org
Fundación Vía Libre http://www.vialibre.org.ar
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